La Republica Argentina, paraíso criminal

Nota: Lic Sanchez Vicario (La otra Mirada)

Nota: Lic Sanchez Vicario (La otra Mirada)

Es el último capítulo de la séptima temporada de Smallville. El villano de turno, Edward Teague, huye de Estados Unidos a bordo de un jet privado y Kara Kent, la sobrina de Clark, lo intercepta con la pregunta que todo guionista debería hacerse: “¿Por qué las personas en problemas van a Sudamérica?”.

En general, el cine y la TV del hemisferio norte parecen una industria de clichés. Y, en el reparto de roles, Italia se quedó con la mafia, Colombia con los narcos, de México salen los jardineros y sirvientes, la alegría es solo brasileña y parece que Argentina es un paraíso criminal. El polo sur de legalidad, ese lugar lo suficientemente lejano, exótico e inhóspito como para dejar huir la fantasía delictiva.

El primer recuerdo que tengo de una ficción que asocia el crimen con nuestro país es un capítulo de El superagente 86. Maxwell Smart y la 99 investigan el escondite de una poderosa “bomba sónica”, pero son secuestrados por agentes de KAOS, quienes les vendan los ojos y las manos y les hacen creer que los transportan hasta Buenos Aires, para despistarlos sobre la ubicación real del artefacto. Se dan cuenta del engaño cuando escapan y descubren que siguen en Washington. “Me habían dado ganas de comer un churrasco”, se lamentaba 86. Cuando el fake trip pampeano del superagente salió al aire, en octubre de 1967, Juan Carlos Onganía llevaba casi un año al frente de la dictadura que derrocó a Arturo Illia.

Pero el lugar común del mainstream mediático hacia nuestro país es el de ser refugio de nazis. “Argentina tiene las mejores carnes. y nazis”, dicen durante una comilona en el film Mientras dormías (1995). Los seguidores del Führer que no fueran científicos o doctores venían para acá, según Costa-Gavras en Amén (2002). “Les dije a todos que no viniste a mi graduación porque estabas cazando nazis en Argentina”, revela Maya Gallo a su padre en un episodio de Just Shoot Me! Sara, uno de los personajes de la serie White Collar, aterriza aquí tras la pista de un tesoro del Eje. ¿Y dónde creen que el “Soup Nazi” de Seinfeld encontró asilo luego de que Elaine destruyera su carrera culinaria al revelar las recetas de sus deliciosas sopas? Incluso un joven Magneto, en X-Men: Primera generación (2011), vino tras un par de jerarcas escondidos en una Villa Gesell ¡con montañas y nieve! (uno de los más grandes epic fails geográficos en la historia de Hollywood).

Ni en los dibujos animados nos salvamos. Los malvados Blue Meanies nos pensaron como guarida luego de ser derrotados por los Beatles en Yellow Submarine (1968). Y en Las chicas superpoderosas hay una estafadora llamada “Madame Argentina”.

Cuando no cobijamos criminales de guerra, esta es patria de sofisticados malandras como Gustav Graves (el “Bond villain” de Otro día para morir, que se crió en nuestro país trabajando en minas de diamantes) o de narcotraficantes como la banda de Los sospechosos de siempre (1995) y Carter Verone (el zar de las drogas en +Rápido +Furioso ).

Es que acá no hay ley, che. Phoebe Buffay cantó la justa una vez en la cafetería de Friends: “Hay un país llamado Argentina / Es un lugar que nunca vi / Pero me dijeron que por cincuenta pesos / Podés comprar un bazo humano”.

Mientras escribo estas líneas, el canal FX estrena un capítulo de Dexter titulado “Argentina”, quizás el que mejor nos define como fantasía escapista. El serial killer más simpático de Miami tiene un romance con la ex novia y cómplice de un asesino que dejó un reguero de cadáveres en tres estados. La pareja, en ese entonces, soñaba con fugarse a estas tierras para vivir tranquila “en una granja”.

“Todos quieren una Argentina, un lugar para empezar de cero -dice Dexter Morgan en off, entre imágenes de diversos personajes de esta temporada que sueñan con un borrón y cuenta nueva-. Pero la verdad es que Argentina. es solo Argentina. No importa adónde vayamos, nos llevamos a nosotros mismos y a nuestro daño”.

Edward Teague casi cumple su sueño, pero tuvo la mala leche de cruzarse justo con la sobrina de Superman. Escenas antes de que la furia kryptoniana volara por el aire su éxodo sudamericano, sacó su pasaporte falso y, por un segundo, contempló su fresh start: Alejandro Santos, de La Plata, Argentina.

Los Juegos Olímpicos en Londres “La capital del rock”

Para conocer a fondo una ciudad hay que haber vivido en ella durante al  menos diez años. Es imperativo, digamos, haberla fatigado a diferentes  edades y en diversos contextos: de chico, en esas primeras escapadas  furtivas a barrios que eran, todavía, una tierra yerma; de adolescente,  cuando la ciudad se empieza a mostrar como un animal peligroso y  terriblemente seductor; de grande, cuando la suficiencia juvenil nos  engañó al punto de pensar que ya lo conocíamos todo y de pronto  entendemos que todavía no sabemos nada. Entender una ciudad es, sobre  todo, saber que los mapas engañan; los barrios no empiezan y terminan  donde indica la cartografía de bolsillo sino que tienen límites más  personales y caprichosos, fundados en parámetros estéticos,  conceptuales, históricos y coyunturales. Los que conocen la ciudad de  Londres desde sus entrañas aseguran que es, en ese sentido, la ciudad  más impredecible y cambiante del mundo, acaso comparable únicamente con  Nueva York, espejo invertido del otro lado del Atlántico. Como toda  marcadora de tendencias, tiene que estar siempre un paso adelante. Así,  lo que en Buenos Aires tarda años en consumarse (por ejemplo, el ascenso  y la consolidación de un barrio chic, como Palermo), en Londres lleva  unos pocos meses. Rápidamente, el territorio que hace semanas nomás se  supo vanguardista se llena de millonarios y es usufructuado por la  maquinaria del diseño y el capital. Eso es lo que está pasando hoy con  los barrios del East End: Hackney, Shoreditch, Brixton, Dalston. Ahí  está aconteciendo lo que vamos a consumir de este lado del mundo en  algunos años en materia hipster y avant garde, y de ahí están saliendo  las bandas que vamos a escuchar en un tiempo.

Pinta tu aldea

La  historia de los movimientos londinenses es la historia del rock o,  mejor, a través de la música britanica podemos reconstruir una historia  subjetiva y efervescente de la ciudad de Londres. Si las ciudades son  elementos decisivos en las películas y en la literatura, lo son también,  aunque de otro modo, en la música popular. “En 1994, Damon (Albarn)  vivía en Notting Hill. Yo encuentro esa zona de la ciudad  particularmente irritante. A él le calzaba perfecto, porque siempre fue  un buceador de antagonismos. Toda la gente más irritante del planeta  vive en Notting Hill: Damon es la única persona cool que alguna vez  vivió ahí”, dice Alex James de Blur en su autobiografía Bit of a Blur.  Todos los turistas con un corazón pop que han pisado Londres conocen el  camino de los lugares donde la historia musical quedó cristalizada, en  un paradójico museo al aire libre: Abbey Road, Carnaby Street, Candem  Town, Apple, Chayne Walk, Denmark Street. Pero la epidermis de la urbe  muta y, hoy, queda casi poco de lo que alguna vez fue genial, porque ya  está en otro lado (Raúl González Tuñón, en un poema hermoso sobre el  Boulevard Saint-Michel, escribió: “Ese viejo bul Mitch de quien dirán  ‘una calle, ya olvidada’/porque las calles igual que los hombres/caminan  un trecho por el mundo y pasan”).

Quedan, sin embargo, los discos y  las canciones, que representaron, plasmaron o usaron la ciudad de  Londres para darle letra a una generación o un movimiento. Los Beatles,  que están en la génesis de todo, soportaron una fama planetaria, de  intensidades difíciles de soportar, refugiándose en la idealización de  su suelo natal, y le cantaron durante años a los días de educación  sentimental de Liverpool. Cuando tuvieron que grabar su último disco,  ahí sí, se despidieron de la ciudad de Londres estampándole el nombre de  una calle a su opus final. Adiós a Londres: Lennon se iría a Nueva  York, Ringo a Los Angeles, Harrison al campo y McCartney a girar por el  mundo. Pasarían diez años hasta que la ciudad escalase al título de otro  disco emblemático: London Calling, de The Clash  (1979). Ya se habían terminado los años 60, conocidos en el mapa  occidental del rock como los de las primeras invasiones británicas, y la  capital inglesa ya era hace rato el lugar que regulaba los deseos y las  fantasías del ecosistema musical. El punk encontró su territorio en  Kings Road, una arteria del barrio de Chelsea, al oeste de la ciudad,  que grafica nítidamente lo que apuntábamos de las transformaciones: hoy  es la quintaesencia de lo careta. Ahí estaba SEX, el escándaloso local  de ropa y misceláneas regenteado por Malcom McLaren, polo neurálgico de  la contracultura brit desde 1974. Pensemos que el primer disco en vivo  de los Ramones, It´s Alive, fue grabado la noche del 31  de diciembre de 1977 en el teatro Rainbow de Londres; la música punk ya  estaba inventada hace por lo menos dos años en Nueva York, pero  necesitaba llegar a la ciudad de Londres para, de algún modo, ser  convalidada. Los Sex Pistols y los Clash estaban todos en ese recital  que les cambió la vida, y el punk londinense incorporó el elemento  performático y actoral que le terminó de dar forma al fenómeno. El punk  es, por supuesto, un movimiento bien urbano. Los Ramones le cantaron a  la Nueva York de los callejones y los borrachos, pero el punk inglés  hizo el camino inverso: en vez de romantizar una zona de su ciudad,  prefirió destrozarla toda. “Londres se está ahogando y yo vivo cerca del  río” cantaban los Clash. Muchos piensan que, para los punks, la música y  los discos eran solamente una excusa, una plataforma como cualquier  otra (y, en ese sentido, intercambiable con cualquier otra) para  transmitir una ideología y un lenguaje. Y otra plataforma fue, por qué  no, la ciudad misma. Recordemos una postal ya mítica: cuando la reina  estaba por festejar el Jubileo de Plata, los Pistols presentaron uno de  sus primeros y más ruidosos sencillos tocando en un barco por el  Támesis, en una parodia anticipada de los festejos reales. El Támesis  fue, por esa tarde, la herida abierta de Londres: un cauce que tajea el  corazón mismo de la capital y que, con la lógica del río que fluye, los  punks quizás estaban usando para decir que al pasado, a los viejos  dinosaurios, a la reina, se los llevarán las aguas del olvido (toda la  breve historia del punk, además, es un problema de tiempos; no  casualmente el video oficial de “London Calling” empieza con un primer  plano del reloj del Big Ben, marcando el comienzo de una nueva era, y la  consigna de la época era “London, no hay futuro”).

Madchester

Los  años 80 le ofrecieron a Londres un repliegue, un modesto segundo plano.  En 1979 los Ramones cantaban “es el final de la década: es el final del  siglo”, y la modernidad escuchó ese llamado  y golpeó rápidamente a la  puerta de Manchester. Algún día entenderemos qué tiene Manchester –esa  ciudad gris, fabril, terriblemente chata–; por qué su asfalto espeso es  tan fértil para la producción de música rock. En sólo dos décadas,  Manchester le ofreció al mundo un dream team de bandas que torcieron  para siempre el destino de una ciudad que de otro modo sería  insignificante en terminos culturales: Buzzococks, Joy Division, New  Order, Happy Mondays, The Smiths, Stone Roses, Oasis.

La historia que  todos conocemos empieza en 1982, cuando el agitador Tony Wilson abre  The Hacienda, una discoteca y sala de conciertos que funcionó como  refugio de la nueva ola (no vamos a extendernos demasiado en esa  génesis; ahí está la película 24 hour party people para  repasar esa historia). Joy division ya venía tocando desde finales de  los setenta, pero fue a partir del 82, y de los primeros hits de New  Order, que Manchester se convirtió en la ciudad más estimulante de  Inglaterra. Los Smiths, ya a mediados de la década, le cantaron a las  escuelas de arte, a las avenidas y los bares de su ciudad; le  confirieron, en fin, una mitología nostálgica y encantadora para que la  ciudad se convierta, como debe ser, en un pueblo de ficción, en un  estado mental. Londres prácticamente no encontró, durante aquellos años,  un sonido que la definiera. Desde Irlanda y desde Escocia llegaban  bandas como My Bloody Valentine y Jesus and Mary Chain que fueron una  especie de síntoma de la época tacheriana; conocidas como bandas  shoegaze, porque sus integrantes se miraban los zapatos mientas tocaban,  eran un elogio distorsionado y electrificado a la soledad y el autismo.  Son buenas bandas, sin dudas, con una carga de romanticismo contenido  que estalla en estribillos hermosos, pero evidenciaban lo poco que las  calles de Londres estaban interpelando a los músicos. Yendo de la cama  al living: durante los  ochenta, el rock británico se refugio en  interiores, cerró las persianas. Tenía que llegar la muerte de Kurt  Cobain y las segundas invasiones británicas para que la ciudad tenga  otro gran momento de gloria.

La noche brillante 

El  año clave es 1994. A principios de abril muere Cobain y días después  Oasis saca su primer single, “Supersonic”, un tema redentor, para cantar  a los gritos, un tema etéreo y gloriosamente reverberado que anunciaba  un cambio de paradigma: el rock volvía a salir a las calles y la niebla  dejaba pasar un rayo de sol. Con la llegada del brit pop, Londres se  convierte de nuevo, y con intensidad redoblada, en la mejor ciudad del  mundo. Las noches del soho son descontroladas e inolvidables, los  líderes de Blur, Oasis, Suede, Pulp y otras bandas salen en las tapas de  todas las revistas y se pasean por Covent Garden y Oxford Street  envueltos en banderas del reino. Todo es tan exageradamente británico.  Candem Town se convierte en el barrio nocturno por excelencia –hoy es un  gran mercado de memorabilia rock con poco para ofrecer. Blur y Pulp  quizás sean las bandas que mejor plasmaron la Londres de aquellos años.  En “Sorted for e´s and Wizz”, un tema de Different Class,  imán que atrajo a los jóvenes inquietos del momento, Pulp narra el  cenit de las fiestas de la generación éxtasis: “Las radios piratas nos  empezaron a explicar lo que estaba sucediendo/empezamos a comprar  tickets a tipos desconocidos en Candem Town/ y nadie supo por años  exactamente qué estaba pasando/pero no importa, porque estamos todos  puestos con éxtasis y speed” (en sólo tres años, el furor deviene  resaca: Different Class [1995] es el optimismo british y This is Hardcore [1998], su sucesor, son los restos pegajosos de la fiesta). Blur, por su parte, lanzó su gran disco londinense con Parklife (1994). Hace unos años, una bloguera escribió: “Fue cuando subí a un  subte de no recuerdo qué línea, una de las más trajinadas y pobretonas  (tal vez la que va a la estación de Paddington). Yo sentí que ya había  estado ahí y que no lo había soñado. Conocía ese tapizado de líneas  anaranjadas, amarillas, marrones y negras. Yo había estado en ese subte  antes, por lo menos unos años atrás. Conocía a los londinenses que iban o  llegaban de sus trabajos con cara de cansados, agotados, indiferentes.  ‘¿Por qué vengo al mismo lugar?’, me preguntaba confundida. Y entonces  se me apareció: se me apareció el dibujo de los cuatro Blur en ese vagón  de subte, de esa misma línea, que está en el booklet de Modern Life Is Rubbish.”.  En la línea de los grandes observadores urbanos, como Ray Davis de los  Kinks, Damon Albarn de Blur vio y retrató a lo largo de su discografía  varias Londres simultaneas y en coexistencia: la fascinada con las  tendencias culturales norteamericanas (“London Loves”), la aristocrática  y decadente (“Country House”), la contemporánea y fiestera (“Boys and  girls”), etc.

Toda la música inglesa de los 90 es una autoafirmación  inflacionada pero, de un modo muy inglés, siempre está el elemento  nostálgico, que ya estaba en los Beatles, en Pink Floyd y sobre todo en  los Kinks de Village green preservatios society. Con el  nuevo milenio, llegarían bandas más tímidas, menos exuberantes; buenas  bandas, pero aburridas, que volvieron a la perfeción de las salas de  ensayo y los conciertos masivos y se olvidaron de las abarrotadas  arterias londinenses (Radiohead, Coldplay, Keane, etc.). Pero Londres,  lo sabemos, es un animal agazapado, la calle del mundo, que descansa y  aparece cada diez o veinte años para tirar un nuevo golpe de dados en el  tablero del rock.

¿De dónde viene la moda de festejar Halloween?

 

…”Y una noche todos los Argentinos celebraremos Halloween”… No lo dijo Nostradamus, no lo dijo Horangel, no lo dijo Maradona, en realidad no se quién lo dijo, pero creo que está a la vista, “hoy garpa festejar Halloween”…
Sabemos que nos gusta la fiesta, pero importarlas no es original, es el caso de otras fiestas adoptadas, como por ejemplo, San Patricio, el Oktoberfest, San Valentin y tantas otras.

Yo propongo que exportemos alguna fiesta nuestra:
La fiesta de la Vendimia
Cosquín
El día del Gaucho enfiestado
El Carnaval de Gualeguaychú
El día del Tango
La fiesta de la empanada criolla
La fiesta del Dulce de leche
El día internacional del Mate, festejado a duo con Uruguay
El día de la Corvina Rubia
El día de la Corvina Negra
La fiesta de la Pacha Mama, festejado por toda America del Sur

Ésta exportación debe ser realizada siempre con disfraces y mucho alcohool, seguro es un gol de mitad de cancha y más, si hay mujeres en pelotas.

La noche del 31 de octubre data de una leyenda celta donde una puerta que separaba el mundo de los vivos del mas allá, se abre y los espíritus de los difuntos hacen una procesión en los pueblos en los que viven.
En esa noche los espíritus visitaban las casas de sus familiares, y para que no les perturbasen, los aldeanos debían poner una vela en la ventana de su casa por cada muerto. Los hinchas de San Lorenzo, River, deben poner cada uno, 12 velitas. (si!, aguante Boca!)

Muchas preguntas se me vienen a la cabeza
¿Será otro día mas para vender?
¿Será que somos poco original?
¿Será que nos quieren lavar la cabeza?
¿Será que no me amas? ¿Diría Luis Miguel?
¿Será Harry Potter el culpable de ésto?
¿Será que nos gusta la fiesta?

El 33, número “mágico” que se repite en la mina

La conmovedora historia de los chilenos que estuvieron atrapados 70 días tiene un hilo conductor que de a momentos asusta. Y ese es un número, el 33, la edad de Cristo cuando fue crucificado…

Hay que partir desde la base de que fueron 33 los trabajadores que quedaron sepultados. Después de desconocer si estaban vivos o muertos, a 16 días del derrumbe, una cámara que los buscaba vio un papelito mágico: “Estamos bien en el refugio los 33”, decía. ¿Se anima a sumar los caracteres, contando lo espacios? Por las dudas le damos el resultado: 33

Pero eso no es todo. Luego de 70 largas jornadas, el rescate comenzó el 12 de octubre. Y el primer minero volvió a respirar aire freso pasada la medianoche, ya el 13. Sí, el 13/10/10, que sumado da…. 33.

Los gritos, el aliento desde la superficie, fueron increíbles. Y hubo un cántico, un clásico ya, que no paró de oírse: “Chi chi chi le le lé, los mineros de Chile”. Empecemos de nuevo: C + h + i y sigamos sumando, así sucesivamente y sin espacios. Sí, señores, otra vez sopa: la cuenta le va a dar 33.

Formas en la facebook puede arruinarte la vida

Facebook tiene 500 millones de usuarios. y las estadísticas de la red social más famosa son un hito significativo e insignificante a la vez. En efecto, es sólo un recordatorio de la enorme magnitud que alcanzó, pero la pregunta es: ¿es necesario que nos lo recuerden? Está claro que Facebook forma parte de la vida diaria de muchas personas en todo el mundo. Pero aún se está analizando cuál es el impacto de esta red en sus vidas. Se sabe que puede ser buena para la salud y simplificar muchas cosas, desde conectarse con amigos hasta compartir fotos. Pero también tiene su lado potencialmente perjudicial, aun dejando de lado las dudas sobre cuestiones de privacidad. 

Puede ser utilizado en su contra por su ex pareja durante un juicio de divorcio.  Facebook es una herramienta muy popular entre los abogados que trabajan con divorcios, quienes navegan para conseguir evidencias de negligencias, infidelidades o engaños. (Un estudio sugiere que esta red social está presente en una de cada cinco nuevas peticiones de divorcio en EE. UU.). Mashable publicó la historia de una mujer que perdió la custodia de sus hijos luego de que su ex marido probara que ella perdía tiempo cuidando cultivos en el juego Farmville. Asimismo, en múltiples entrevistas abogados especializados en divorcios han exaltado las virtudes del sitio para “sacar los trapitos al sol”.

La homosexualidad masculina tendría un sentido evolutivo

La homosexualidad masculina siempre ha parecido no tener sentido desde el punto de vista evolutivo, al menos hasta ahora.

Un estudio reciente realizado por psicólogos de la Universidad de Lethbridge, en Canadá, ha demostrado, sin embargo, que los homosexuales desempeñarían un importante papel en la perpetuación de los genes de su propia familia.

Los homosexuales son mucho menos propicios a tener descendencia que los hombres heterosexuales, por lo que cabe pensar que sus características genéticas acaben desapareciendo. ¿Qué valor tendría entonces esta orientación sexual que ha persistido durante eones, sin suponer una ventaja reproductiva distinguible?

Selección de parentesco

Desde la perspectiva de la psicología evolutiva, una de las explicaciones que se le ha dado a la homosexualidad es la llamada “hipótesis de la selección de parentesco”.

Esta teoría señala que la homosexualidad incrementaría, de manera indirecta, la “esperanza” genética, puesto que los homosexuales de una familia supondrían una ayuda extra para el cuidado de los descendientes de ésta, aumentando así sus posibilidades de supervivencia.

Según informa la revista Psychological Science, de la Association for Psychological Science de Estados Unidos, en un comunicado, dos psicólogos evolutivos llamados Paul Vasey y Doug VanderLaan, de la Universidad de Lethbridge, probaron esta teoría en un entorno real, y durante un periodo de varios años.

Las pruebas fueron realizadas, concretamente, en una de las islas de Samoa, en el Pacífico. Este entorno fue el escogido porque, en Samoa, los hombres que se sienten atraídos por otros hombres están ampliamente reconocidos y aceptados, e incluso considerados como una categoría de género alternativa, un “tercer sexo”.

Denominados como fa’afafine, estos hombres homosexuales tienden a ser afeminados, por lo que incluso identificar una muestra de individuos para el estudio resultó una tarea sencilla.

Tíos atentos

En realidad, los fa’afafine son hombres que, durante su niñez, fueron elegidos por sus propias familias para asumir roles femeninos.

Así, aunque la mayoría de los samoanos no consideran como mujeres a los fa’afafine, éstos son tratados como tales, y en ocasiones provocan admiración por su forma de vestir, su arreglo del cabello y sus accesorios, particularmente de belleza.

En Samoa, muchos padres se sienten afortunados por tener a un hijo fa’afafine, porque estos hijos son los que se ocupan de los padres en la vejez, mientras el resto de los hijos e hijas están ocupados con sus propias familias.

Estudios previos habían demostrado, además, que los fa’afafine son personas mucho más altruistas y favorecedores con sus sobrinos y sobrinas que las mujeres o los hombres heterosexuales de la región.

Los fa’afafine se prestan mucho a cuidar a sus sobrinos cuando sus padres no pueden, instruyen a éstos en las artes y la música, y les ayudan incluso económicamente, pagándoles la atención médica o la educación, por ejemplo.

Altruistas sólo con los parientes

La investigación de Vasey y VanderLaan se centró en estudiar la psicología de los fa’afafine, para determinar si su altruismo estaba dirigido específicamente hacia sus parientes o hacia los niños en general.

En el estudio participó una amplia muestra de fa’afafine, y también muestras similares de mujeres y de hombres heterosexuales. A todos se les entregaron una serie de cuestionarios, con los que se midió su voluntad de ayudar a sus sobrinos de diversas formas (cuidado, regalos, educación), y también su intención de hacer estas mismas cosas para niños que no fueran parientes.

Los resultados obtenidos en la investigación, que han sido publicados en un artículo de Psychological Science, respaldarían la idea de la selección de parentesco.

La asociación entre las tendencias altruistas hacia sobrinos y sobrinas y las tendencias altruistas hacia niños de otras familias fue significativamente más débil entre los fa’afafine que entre las mujeres y los hombres heterosexuales de Samoa.

Esta disociación cognitiva, según señalan los científicos, hace que los fa’afafine centren sus recursos de forma más eficiente y precisa en sus parientes, incrementando así sus propias perspectivas evolutivas.

Así, para compensar que no tienen hijos, cada fa’afafine tendría que impulsar de alguna manera la supervivencia de dos sobrinos que, de otra forma, tal vez no podrían mantenerse. Esta fórmula, contribuiría a paliar, aunque no fuera completamente, la falta de descendencia propia, y su coste genético.

Importancia social olvidada

Pero, ¿tienen sentido estos hallazgo fuera de Samoa? Según los científicos, sí y no. La cultura samoana es muy diferente a la cultura occidental: está muy localizada y centrada en familias muy unidas, extensas, mientras que en las sociedades occidentales se tiende al individualismo y a la homofobia.

Por otro lado, las familias están mucho más dispersas geográficamente en las culturas occidentales, lo que reduce el papel que los tíos solteros pueden desempeñar con sus sobrinos.

Nota: Lic Sanchez Vicario (La otra Mirada)

 

Sin embargo, el entorno samoano sí sería representativo de los entornos en los que la homosexualidad masculina pudo surgir, hace eones de años. La importancia social de estos tíos solteros para la descendencia habría quedado olvidada al cambiar el mundo.