Los Juegos Olímpicos en Londres “La capital del rock”

Para conocer a fondo una ciudad hay que haber vivido en ella durante al  menos diez años. Es imperativo, digamos, haberla fatigado a diferentes  edades y en diversos contextos: de chico, en esas primeras escapadas  furtivas a barrios que eran, todavía, una tierra yerma; de adolescente,  cuando la ciudad se empieza a mostrar como un animal peligroso y  terriblemente seductor; de grande, cuando la suficiencia juvenil nos  engañó al punto de pensar que ya lo conocíamos todo y de pronto  entendemos que todavía no sabemos nada. Entender una ciudad es, sobre  todo, saber que los mapas engañan; los barrios no empiezan y terminan  donde indica la cartografía de bolsillo sino que tienen límites más  personales y caprichosos, fundados en parámetros estéticos,  conceptuales, históricos y coyunturales. Los que conocen la ciudad de  Londres desde sus entrañas aseguran que es, en ese sentido, la ciudad  más impredecible y cambiante del mundo, acaso comparable únicamente con  Nueva York, espejo invertido del otro lado del Atlántico. Como toda  marcadora de tendencias, tiene que estar siempre un paso adelante. Así,  lo que en Buenos Aires tarda años en consumarse (por ejemplo, el ascenso  y la consolidación de un barrio chic, como Palermo), en Londres lleva  unos pocos meses. Rápidamente, el territorio que hace semanas nomás se  supo vanguardista se llena de millonarios y es usufructuado por la  maquinaria del diseño y el capital. Eso es lo que está pasando hoy con  los barrios del East End: Hackney, Shoreditch, Brixton, Dalston. Ahí  está aconteciendo lo que vamos a consumir de este lado del mundo en  algunos años en materia hipster y avant garde, y de ahí están saliendo  las bandas que vamos a escuchar en un tiempo.

Pinta tu aldea

La  historia de los movimientos londinenses es la historia del rock o,  mejor, a través de la música britanica podemos reconstruir una historia  subjetiva y efervescente de la ciudad de Londres. Si las ciudades son  elementos decisivos en las películas y en la literatura, lo son también,  aunque de otro modo, en la música popular. “En 1994, Damon (Albarn)  vivía en Notting Hill. Yo encuentro esa zona de la ciudad  particularmente irritante. A él le calzaba perfecto, porque siempre fue  un buceador de antagonismos. Toda la gente más irritante del planeta  vive en Notting Hill: Damon es la única persona cool que alguna vez  vivió ahí”, dice Alex James de Blur en su autobiografía Bit of a Blur.  Todos los turistas con un corazón pop que han pisado Londres conocen el  camino de los lugares donde la historia musical quedó cristalizada, en  un paradójico museo al aire libre: Abbey Road, Carnaby Street, Candem  Town, Apple, Chayne Walk, Denmark Street. Pero la epidermis de la urbe  muta y, hoy, queda casi poco de lo que alguna vez fue genial, porque ya  está en otro lado (Raúl González Tuñón, en un poema hermoso sobre el  Boulevard Saint-Michel, escribió: “Ese viejo bul Mitch de quien dirán  ‘una calle, ya olvidada’/porque las calles igual que los hombres/caminan  un trecho por el mundo y pasan”).

Quedan, sin embargo, los discos y  las canciones, que representaron, plasmaron o usaron la ciudad de  Londres para darle letra a una generación o un movimiento. Los Beatles,  que están en la génesis de todo, soportaron una fama planetaria, de  intensidades difíciles de soportar, refugiándose en la idealización de  su suelo natal, y le cantaron durante años a los días de educación  sentimental de Liverpool. Cuando tuvieron que grabar su último disco,  ahí sí, se despidieron de la ciudad de Londres estampándole el nombre de  una calle a su opus final. Adiós a Londres: Lennon se iría a Nueva  York, Ringo a Los Angeles, Harrison al campo y McCartney a girar por el  mundo. Pasarían diez años hasta que la ciudad escalase al título de otro  disco emblemático: London Calling, de The Clash  (1979). Ya se habían terminado los años 60, conocidos en el mapa  occidental del rock como los de las primeras invasiones británicas, y la  capital inglesa ya era hace rato el lugar que regulaba los deseos y las  fantasías del ecosistema musical. El punk encontró su territorio en  Kings Road, una arteria del barrio de Chelsea, al oeste de la ciudad,  que grafica nítidamente lo que apuntábamos de las transformaciones: hoy  es la quintaesencia de lo careta. Ahí estaba SEX, el escándaloso local  de ropa y misceláneas regenteado por Malcom McLaren, polo neurálgico de  la contracultura brit desde 1974. Pensemos que el primer disco en vivo  de los Ramones, It´s Alive, fue grabado la noche del 31  de diciembre de 1977 en el teatro Rainbow de Londres; la música punk ya  estaba inventada hace por lo menos dos años en Nueva York, pero  necesitaba llegar a la ciudad de Londres para, de algún modo, ser  convalidada. Los Sex Pistols y los Clash estaban todos en ese recital  que les cambió la vida, y el punk londinense incorporó el elemento  performático y actoral que le terminó de dar forma al fenómeno. El punk  es, por supuesto, un movimiento bien urbano. Los Ramones le cantaron a  la Nueva York de los callejones y los borrachos, pero el punk inglés  hizo el camino inverso: en vez de romantizar una zona de su ciudad,  prefirió destrozarla toda. “Londres se está ahogando y yo vivo cerca del  río” cantaban los Clash. Muchos piensan que, para los punks, la música y  los discos eran solamente una excusa, una plataforma como cualquier  otra (y, en ese sentido, intercambiable con cualquier otra) para  transmitir una ideología y un lenguaje. Y otra plataforma fue, por qué  no, la ciudad misma. Recordemos una postal ya mítica: cuando la reina  estaba por festejar el Jubileo de Plata, los Pistols presentaron uno de  sus primeros y más ruidosos sencillos tocando en un barco por el  Támesis, en una parodia anticipada de los festejos reales. El Támesis  fue, por esa tarde, la herida abierta de Londres: un cauce que tajea el  corazón mismo de la capital y que, con la lógica del río que fluye, los  punks quizás estaban usando para decir que al pasado, a los viejos  dinosaurios, a la reina, se los llevarán las aguas del olvido (toda la  breve historia del punk, además, es un problema de tiempos; no  casualmente el video oficial de “London Calling” empieza con un primer  plano del reloj del Big Ben, marcando el comienzo de una nueva era, y la  consigna de la época era “London, no hay futuro”).

Madchester

Los  años 80 le ofrecieron a Londres un repliegue, un modesto segundo plano.  En 1979 los Ramones cantaban “es el final de la década: es el final del  siglo”, y la modernidad escuchó ese llamado  y golpeó rápidamente a la  puerta de Manchester. Algún día entenderemos qué tiene Manchester –esa  ciudad gris, fabril, terriblemente chata–; por qué su asfalto espeso es  tan fértil para la producción de música rock. En sólo dos décadas,  Manchester le ofreció al mundo un dream team de bandas que torcieron  para siempre el destino de una ciudad que de otro modo sería  insignificante en terminos culturales: Buzzococks, Joy Division, New  Order, Happy Mondays, The Smiths, Stone Roses, Oasis.

La historia que  todos conocemos empieza en 1982, cuando el agitador Tony Wilson abre  The Hacienda, una discoteca y sala de conciertos que funcionó como  refugio de la nueva ola (no vamos a extendernos demasiado en esa  génesis; ahí está la película 24 hour party people para  repasar esa historia). Joy division ya venía tocando desde finales de  los setenta, pero fue a partir del 82, y de los primeros hits de New  Order, que Manchester se convirtió en la ciudad más estimulante de  Inglaterra. Los Smiths, ya a mediados de la década, le cantaron a las  escuelas de arte, a las avenidas y los bares de su ciudad; le  confirieron, en fin, una mitología nostálgica y encantadora para que la  ciudad se convierta, como debe ser, en un pueblo de ficción, en un  estado mental. Londres prácticamente no encontró, durante aquellos años,  un sonido que la definiera. Desde Irlanda y desde Escocia llegaban  bandas como My Bloody Valentine y Jesus and Mary Chain que fueron una  especie de síntoma de la época tacheriana; conocidas como bandas  shoegaze, porque sus integrantes se miraban los zapatos mientas tocaban,  eran un elogio distorsionado y electrificado a la soledad y el autismo.  Son buenas bandas, sin dudas, con una carga de romanticismo contenido  que estalla en estribillos hermosos, pero evidenciaban lo poco que las  calles de Londres estaban interpelando a los músicos. Yendo de la cama  al living: durante los  ochenta, el rock británico se refugio en  interiores, cerró las persianas. Tenía que llegar la muerte de Kurt  Cobain y las segundas invasiones británicas para que la ciudad tenga  otro gran momento de gloria.

La noche brillante 

El  año clave es 1994. A principios de abril muere Cobain y días después  Oasis saca su primer single, “Supersonic”, un tema redentor, para cantar  a los gritos, un tema etéreo y gloriosamente reverberado que anunciaba  un cambio de paradigma: el rock volvía a salir a las calles y la niebla  dejaba pasar un rayo de sol. Con la llegada del brit pop, Londres se  convierte de nuevo, y con intensidad redoblada, en la mejor ciudad del  mundo. Las noches del soho son descontroladas e inolvidables, los  líderes de Blur, Oasis, Suede, Pulp y otras bandas salen en las tapas de  todas las revistas y se pasean por Covent Garden y Oxford Street  envueltos en banderas del reino. Todo es tan exageradamente británico.  Candem Town se convierte en el barrio nocturno por excelencia –hoy es un  gran mercado de memorabilia rock con poco para ofrecer. Blur y Pulp  quizás sean las bandas que mejor plasmaron la Londres de aquellos años.  En “Sorted for e´s and Wizz”, un tema de Different Class,  imán que atrajo a los jóvenes inquietos del momento, Pulp narra el  cenit de las fiestas de la generación éxtasis: “Las radios piratas nos  empezaron a explicar lo que estaba sucediendo/empezamos a comprar  tickets a tipos desconocidos en Candem Town/ y nadie supo por años  exactamente qué estaba pasando/pero no importa, porque estamos todos  puestos con éxtasis y speed” (en sólo tres años, el furor deviene  resaca: Different Class [1995] es el optimismo british y This is Hardcore [1998], su sucesor, son los restos pegajosos de la fiesta). Blur, por su parte, lanzó su gran disco londinense con Parklife (1994). Hace unos años, una bloguera escribió: “Fue cuando subí a un  subte de no recuerdo qué línea, una de las más trajinadas y pobretonas  (tal vez la que va a la estación de Paddington). Yo sentí que ya había  estado ahí y que no lo había soñado. Conocía ese tapizado de líneas  anaranjadas, amarillas, marrones y negras. Yo había estado en ese subte  antes, por lo menos unos años atrás. Conocía a los londinenses que iban o  llegaban de sus trabajos con cara de cansados, agotados, indiferentes.  ‘¿Por qué vengo al mismo lugar?’, me preguntaba confundida. Y entonces  se me apareció: se me apareció el dibujo de los cuatro Blur en ese vagón  de subte, de esa misma línea, que está en el booklet de Modern Life Is Rubbish.”.  En la línea de los grandes observadores urbanos, como Ray Davis de los  Kinks, Damon Albarn de Blur vio y retrató a lo largo de su discografía  varias Londres simultaneas y en coexistencia: la fascinada con las  tendencias culturales norteamericanas (“London Loves”), la aristocrática  y decadente (“Country House”), la contemporánea y fiestera (“Boys and  girls”), etc.

Toda la música inglesa de los 90 es una autoafirmación  inflacionada pero, de un modo muy inglés, siempre está el elemento  nostálgico, que ya estaba en los Beatles, en Pink Floyd y sobre todo en  los Kinks de Village green preservatios society. Con el  nuevo milenio, llegarían bandas más tímidas, menos exuberantes; buenas  bandas, pero aburridas, que volvieron a la perfeción de las salas de  ensayo y los conciertos masivos y se olvidaron de las abarrotadas  arterias londinenses (Radiohead, Coldplay, Keane, etc.). Pero Londres,  lo sabemos, es un animal agazapado, la calle del mundo, que descansa y  aparece cada diez o veinte años para tirar un nuevo golpe de dados en el  tablero del rock.

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